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 Angel Delgado: espuma en la boca. Orlando Hernández. Texto Revista Bomb. Diciembre 2002.

No sé si debo empezar por el principio. Porque en el caso de Angel Delgado este principio es bastante desagradable. Pudiera dejarlo para más adelante, o resumirlo, pero no hay modo de evitarlo. No es un dato biográfico que uno pueda pasar por alto: constituye el centro mismo de su vida. Toda su obra gira alrededor de ese punto.

Angel Delgado estuvo en prisión durante 6 meses (desde el 10 de mayo hasta el 7 de noviembre de 1990) por la realización de una obra que fue considerada por las autoridades como “escándalo público”. Se trato de una performance titulada “ La esperanza es lo último que se está perdiendo”, que culminó cuando el joven artista (24 años) se agacho en una sala llena de público y defecó sobre un periódico durante la exposición El Objeto Esculturado (Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, La Habana, 1990). La breve escultura tuvo como improvisado pedestal un ejemplar del periódico Granma, y aunque el artista tuvo el cuidado de practicar una perforación circular en el papel, a ojos (y narices) de las autoridades su deyección debió ser considerada doblemente ofensiva, pues se trataba del Organo Oficial del Partido Comunista de Cuba. La reacción fue desmesurada. De pronto su orgullosa identidad de joven artista cubano cambio drásticamente: durante 181 días su nombre fue solamente un número: 1242900. Su cuerpo, su corazón, su mente, regresaron al kilómetro Cero. Murió. Y, desde luego, también nació. Aquel día comenzó la carrera artística de quien, no obstante, ya era graduado de la Academia “ San Alejandro” y había vencido dos cursos en el Instituto Superior de Arte.

No digo que las escuelas de arte sean innecesarias, pero a veces otras instituciones muy distintas asumen involuntariamente esa misión. De la cárcel extrajo Angel sus principales recursos técnicos e instrumentales; ahí aprendió, con sus compañeros de cautiverio, a dibujar sobre pañuelos con lápices de colores y cold cream, y a tallar imágenes sobre jabones de lavar; y de ahí han salido los temas y la inspiración general de todos sus trabajos. Su lenguaje adquirió allí ese tono hermético, amordazado que es producto de la desconfianza que genera la cárcel. Ahí invento su personal lenguaje jeroglífico, el cual le sirvió para expresar sus sentimientos, sus opiniones sin levantar sospechas (“son sólo garabatos, cosas de artistas” debió pensar el carcelero). Angel confiesa que todavía hoy, mientras hace sus obras, a veces tiene la sensación de seguir preso. Sus obras narran, describen, de forma sintética, minimalista, los mil y un sucesos de aquella odiosa estadía. Sus actuales jabones y pañuelos, así como sus impactantes performances conservan el mismo aire agobiado, torturado de lo que ha sido hecho bajo presión, con estados anímicos adversos, en secreto, a escondidas, como si aún tuviera que burlar las implacables requisas diarias. Son, sin lugar a dudas, obras de purificación, de exorcismo, pero en modo alguno recursos para olvidar, para borrar lo sucedido. Incluso en aquéllas en que descubrimos cierta delicadeza, ciertos toques de humor, es visible que todavía hay espuma en su boca.

Todas las sociedades unas más, otras menos son de alguna manera sistemas autoritarios, represivos, que disminuyen la libertad del individuo mediante una amplia gamas de controles, restricciones y prohibiciones que las convierte en gigantescas cárceles. Que no logremos ver todos sus barrotes no las hace menos opresivas. La obra testimonial, biográfica de Angel Delgado ¿ no debiera ser vista entonces y quizás sobre todo como una amarga y contundente crítica social?
 

Orlando Hernández
La Habana, 8 septiembre 2002