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 A.D.: El pañuelo como espejo del Universo. Orlando Hernández. 2000.

Plegado en cuatro sobre sí mismo, tal y como acostumbra a reposar en la oscuridad de nuestro bolsillo trasero, el pañuelo —prenda eminentemente masculina, que junto al peine y la mujer llegó a considerarse por estos rumbos como una posesión intransferible– es algo más que un pequeño cuadrado de tela con el que nos limpiamos los mocos, el sudor o las lágrimas.

Es un objeto multiuso, de incalculable versatilidad. Puede transformarse de golpe en ágil portavasos y evitar que la chorreante bebida (no alcohólica) que acaban de brindarnos llegue a manchar esa horrenda mesita barnizada. O ser usado como elegante servilleta, una vez que el líquido ha cumplido su misión de aliviar nuestra sed. De igual forma, pero colocado de plano sobre el extremo inferior de la cara y acompañado de suaves toques y rotaciones permite ejecutar un delicadísimo y bien codificado ritual de fanfarronería característico de nuestro ambiente callejero y carcelario.

Extendido sobre una superficie sucia el pañuelo nos proporciona la misma utilidad que un confortable mueble tapizado (en ausencia de éste, por supuesto). Doblado en cuatro en sentido longitudinal y convertido en franja o ribete, puede ser adherido mediante dos o tres presillas al cuello almidonado de una camisa para evitar que sea agredida por el sudor y la grasa corporal del usuario, generalmente un conductor de ómnibus.

Doblado en forma de triángulo y colocado sobre la mitad inferior del rostro nos ofrece servicio de antifaz para garantizar anonimato o semi-anonimato en una fechoría. O de mascarilla antigás si lo que queremos es proteger nuestra respiración del humo o la peste (y siempre hay algo que se quema o apesta, ¿no es cierto?). Haciéndolo deslizar hacia el cuello en la misma posición se convierte entonces en atributo de cowboy americano, en femenina bufanda o pañoleta de ocasión.

O en collar, si es convenientemente torcido y entorchado. Pero nótese que si hacemos un poco de presión adicional sobre esa zona del cuello, la tímida bufanda o collar se transforma abruptamente en horca, en dogal, en aparato de estrangulamiento. Sobre nuestra cabeza y amarrado por las cuatro puntas, el pañuelo hace también funciones de boina o sombrero. O de bolsa, canasta o catauro para el traslado de unos limones o unos huevos que acabamos de resolver por el camino.

Trenzado y preferiblemente mojado puede servir de látigo (aunque es sabido que la toalla le aventaja en este menester). En seco, puede usarse como torniquete para evitar la hemorragia si se aplica sobre las venas y arterias cercanas a la zona herida. O de mordaza si lo introducimos sobre la cavidad bucal de la víctima y lo anudamos convenientemente en su nuca para evitar sus desagradables gritos y protestas (se recomienda, para garantizar al máximo esta función, el uso de un pañuelo adicional que será introducido completamente en dicha cavidad). Extendido sobre el rostro de una persona en posición decúbito supino (que en lenguaje llano quiere decir bocarriba) el pañuelo se desempeña perfectamente como una minúscula sábana que evita la molestia de la luz.

O como una discreta mortaja, si comprobamos que los signos vitales de dicha persona han desaparecido. Varios pañuelos unidos unos a otros por un simple nudo forman una cuerda de longitud y utilidad variable (de niños nos resultaba sorprendente verlos salir de un sombrero, de la manga o de la boca del prestidigitador). Un pañuelo amarrado en la punta de un palo y debidamente agitado puede cumplir tareas de banderola para solicitar paz, tregua o rendición en cualquier campo de batalla (en una situación límite, se entiende). Agitado con energía sobre un lugar polvoriento el pañuelo se transforma automáticamente en plumero. Pero si se agita con suavidad en el aire sobre nuestra cabeza puede servir entonces como prolongación melancólica de nuestra mano para decir adiós a un ser querido que se aleja en un barco o en otro medio de transporte. Y si este mismo movimiento es acompañado por un grupo de animados acordes musicales el pañuelo pasa a formar parte de la indumentaria de una danza folclórica…

La lista puede extenderse ad infinitum. Basten estos ejemplos para revelar al lector - generalmente preocupado por cosas trascendentales- de qué manera un objeto minúsculo y trivial como el pañuelo puede llegar a contener un variado surtido de funciones y significados a los que estábamos relativamente ajenos. ¿No resulta alarmante comprobar que llevamos en lo secreto de nuestro bolsillo —y pensemos que ese bolsillo puede ser también nuestra alma o algo así-- no sólo una ingenua servilleta, un plumero, una cesta, sino también un inclemente látigo, una mordaza y una horca? ¿Cuántas funciones, además de las enumeradas, no podría entonces contener una obra artística que ha tomado al pañuelo no sólo como soporte, como medio, sino como lenguaje?

Al hacer sus obras Angel Delgado ha añadido a esta lista de usos y abusos del pañuelo una nueva función, quizás la más compleja de ellas: ha descubierto que el pañuelo es también una metáfora del Universo. O más que una metáfora, un espejo —en este caso un espejo empañado, sin azogue, hecho añicos-- donde tal Universo se refleja. Si resulta que ese reflejo nos parece demasiado opresivo, asfixiante, o que la imagen se halla alterada por la presencia de suciedades y roturas, por manchas de sudor, de lágrimas, de semen, no olvidemos que se trata del reflejo del Universo desgarrado de la prisión, de ese humillante no-lugar donde el artista debió una vez permanecer como escarmiento por intentar descubrir para nosotros, mediante el libre ejercicio del arte, nuevas funciones y significados.